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Miércoles 26 de septiembre 2012

El valor de la basura

Por: Daniel Parodi Revoredo.
El valor de la basura
Foto: Medios

No sé bien cómo fue que vi el primer episodio de “El valor de la verdad”, lo digo porque casi no veo televisión peruana y no sigo a nuestra farándula. De hecho, hace unas semanas completé el geniograma de EL TROME en la peluquería: yo la “chunté” con unos retratos de Freud y Miguel Grau, la peluquera con Angie Jibaja y unos gemelos que animan un espacio de entretenimiento. Lo que pasa es que encuentro vulgar nuestra televisión; y aunque la frivolidad de los talk-show representa uno de los aportes más olvidables de la globalización a la civilización universal, la puesta en escena peruana me parece la peor de todas. Por supuesto que pueden llamarme elitista.

Y bien, la vida de Ruth Thalía fue segada por su innombrable novio quien no pudo superar el ridículo que soportó a nivel nacional, en HD y sin obtener nada a cambio. Ruth, para quien mejorar en la vida era más importante que la honra del novio y la vergüenza de sus padres, jamás imaginó su triste y violento final, pero se fue así nomás, asesinada, antes de cumplir los veinte o los diez y nueve, ya ni sé.

Lo que sí sé es que cuando hoy se difunda esta columna estará ocurriendo lo que yo no quisiera que ocurra: los noticieros tendrán más audiencia que nunca; los tabloides batirán todos los records de venta; los periodistas disputarán a los cuervos por los despojos de una adolescente muerta y la cultura del espectáculo comunicará a la audiencia peruana la noticia más importante del año. Y aunque algún viejo analista mostrará su indignación, no serán ni sus palabras, ni su mensaje lo que al final importe.

Según su propia confesión, Ruth se prostituyó porque quería salir de pobre pero lo que Ruth no alcanzará a ver es que en el Perú la prostitución campea tanto, que ya es difícil diferenciar a quienes lo hacen de los que no porque hace décadas que nuestra sociedad está condenada a la mediocridad debido a una dictadura mediática autoproclamada “libertad de expresión”, bajo cuyo amparo las cadenas televisivas nos lanzan basura a control remoto 24 horas al día. Porque sólo el canal del Estado proyecta programas culturales y entonces nadie lo ve. Porque ya hace 20 años los formatos políticos se convirtieron en policiales y porque en el Perú ya no sube en las encuestas el político más coherente sino al que mejor le agarran los huevos ante cámaras (mejor si digo huevos y no testículos, así debuto en el proxenetismo sensacionalista ¿no se trata de eso?).

¿Y Beto?, quién sabe hasta qué punto sea moralmente responsable porque a él lo contrataron para conducir un programa tan denigrante (lo que aceptó sin titubeos) como tantos otros del pasado, como los que tenían -¿o aún tienen?- Magaly Medina y la impresentable Laura Bosso: esa embajadora de la inmundicia con la que la dictadura de los medios televisivos peruanos, que es la más obscena de todas, contamina nuestra sociedad –y su imagen internacional- sin importarle la dignidad de los padres de Ruth, provincianos ellos, músicos vernaculares ellos, tiernos ellos, cariñosos ellos, entrañables ellos, destruidos ellos.

Porque en el Perú cada quien vende como puede su alma al diablo, unos ventilando excremento paquidérmico a través de la pantalla chica; otros haciéndole abusivos lobbys a los grandes intereses económicos y otros tratando con esos delicuentes que ilegamente chuponean la vida privada de las personas como en el caso de Lourdes Flores y su frustrado derrière electoral. ¿Y la ética, los principios y la cultura? por favor, si esa cojudez no vende. ¿Y la posibilidad de pensar una televisión que forme en valores y en ciudadanía? De ninguna manera porque aquello atenta contra la libertad de expresión.

Los antiguos decían que en el Perú no se invertía en educación porque era más seguro mantener al pueblo ignorante; lo que hoy tenemos es una puesta en escena chicha-posmoderna de aquella vieja sentencia y nadie lo quiere impedir. Al contrario, hoy los diarios venderán como nunca la muerte de Ruth, una joven que, equivocada o no, quiso salir adelante en medio de tanta basura.

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